Por: Olga Viviana Guerrero
Para el común denominador de los mortales, aquellos que aún nos regimos por la lógica del ADN, la fe en un orden trascendente y la rigurosidad de los libros de texto, el fenómeno therian no es solo incomprensible, es una bofetada a la razón.
Observar a seres humanos, dotados de lenguaje y conciencia, renunciar a su estatus para gruñir en parques o reclamar una ‘cola fantasma’ nos deja en un limbo entre la risa nerviosa, el llanto por la humanidad y las ganas de gritar ante el televisor. Pareciera que estamos ante el naufragio definitivo del sentido común. Algo se está apoderando de la mente de los jóvenes, y no tiene nada de humano.
¿Qué dice la historia?
Por curiosidad, recurro a la historia para encontrar un rastro de lógica en este absurdo. Muchos podrían citar el mito de Rómulo y Remo, amamantados por la loba Luperca, para explicar esta simbiosis hombre-animal. Pero seamos serios: aquello era un mito fundacional, una metáfora de la fuerza y la ferocidad necesarias para levantar un imperio. Los gemelos no ‘se sentían’ lobos; usaron esa crianza legendaria para gobernar hombres. Hoy, el fenómeno es el inverso: jóvenes criados en el confort de la civilización moderna que, aburridos de la realidad, deciden descender voluntariamente a una animalidad de diseño, grabada en 4K y compartida en redes sociales.
¿Qué dicen los sicólogos?
La psicología moderna, siempre temerosa de ser etiquetada como ‘poco inclusiva’, prefiere hablar de ‘disforia de especie’ o neurodivergencia. Sin embargo, para la psicología más ortodoxa, el fenómeno roza la línea de la despersonalización. No es una posesión maléfica, como dirían los más fervientes creyentes, pero sí podría ser una huida del «yo». En un mundo donde ser un joven humano implica ansiedad, competencia y crisis existenciales, ‘convertirse’ en un animal ofrece un refugio instintivo donde no hay facturas, ni exámenes, ni juicios sociales. Es, en esencia, un mecanismo de defensa llevado al extremo de la identidad.
La tribu de los desconectados
Desde la sociología, el therianismo no es un hecho aislado, sino el síntoma de una sociedad que ha pulverizado sus grandes relatos: al caer la religión, la familia tradicional y la jerarquía de los valores clásicos, el individuo queda huérfano de pertenencia y busca en la ‘manada digital’ una subcultura que sirva de refugio.
Podemos intentar ser empáticos, pero la civilización se construyó precisamente sobre la base de dominar nuestros instintos animales para dar paso a la ley y la cultura. Cuando la frontera entre el hombre y la bestia se difumina por elección estética o emocional, no estamos ganando libertad, estamos perdiendo el norte. El fenómeno therian es, quizás, el último grito de una generación que tiene todas las herramientas para entender el universo, pero que ha olvidado cómo habitar su propia piel. Al final, el peligro no es que los humanos se crean animales, sino que olvidemos por qué era tan importante ser humanos.


